Wednesday, January 18, 2006

 

el deslumbrante pájaro del azar


La arena ardía en una vasta planicie. Y pájaros cenicientos sin timón, ebrios, se precipitaban calcinados. Tras las cerraduras de su alma, comenzaba el país de los cobardes. Las piernas de la gran ramera se abrían lujuriosas y él, alucinado, se aferraba a serpientes púbicas. En sus ojos, murciélagos y astros reventados. Con su rostro cubierto de sudor parecía un ser lleno de luz. En su memoria aún incólume la mañana más resplandeciente de 1924, cuando él iba de la mano de su abuela más allá de las plantaciones y, al girar la cabeza, vio cómo el deslumbrante pájaro del azar revoloteaba sobre los algodonales...

Amanecía el 12 de marzo de 1955 con el brillo de la derrota. En el aire, olor a vómitos, a pellejo de ratas y a tabaco agrio. Este día, como tantos otros, tiene el filo del cuchillo que la muerte lleva escaleras abajo, pensó Charlie. Y en el saxo intentó la vieja canción que se arrastra nostálgica por los suburbios de la gran ciudad: "Alguna vez, todos regresaremos a casa". Pero sus dedos estaban rígidos...

Los pasos se silenciaban frente a su rostro y le musitaban "Adiós, Charlie Parker". El último de la fila, un viejecillo sordo y calvo, rió socarronamente y lo escupió.

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Recuerdo esa mañana sentada en la escalera, en un rincón, en la penumbra de un hueco sucio de pintura resquebrajada... Recuerdo que me asusté, lo vi tambalearse y desplomarse.

No he podido borrar esa imagen de mi retina. Ni esa ni la del viejo escupiendo.

Recuerdo que salí corriendo de allí y en la esquina vomité.
 
Aquel dia extraño de primavera yo era tan solo un niño,recuerdo. Me dirigía de camino al trabajo (repartir periódicos era lo único que podía hacer un chico de mi edad)en un día que se me antojaba gris... odiaba aquel olor cada mañana. Cuando me acerqué a aquella esquina apareció vomitando una chica y algo en mí impulsó aquel pensamiento que me antojaba que aquella chica era una reina inquieta.

Mañana de un 12 de Marzo de 1955.
 
...me limpié los ojos llorosos y los labios con el reverso de la manga. Odio el sabor acre de mi boca, siempre lloro cuando vomito. Ahora también desnuda sobre el suelo de porcelana blanca, inmóvil y silenciosa, con el pulso atronándome los tímpanos, la radio de la vecina anunciando las siete de la mañana y la mirada perdida entre los tarros de colonia, dentífrico y cremas...Y para eliminar el gusto agrio de mi lengua, me chupo la sangre que resbala por mis manos y con el dorso hago el mismo gesto de siempre y me embadurno los labios y las mejillas de un rojo brillante, sin contornos...
 
Y vuelve el pájaro deslumbrante del azar a dormir entre los algodonales, mientras la música de un antiguo saxo cubre de púrpura el paisaje.
 
Ha sido un placer descubrir este rincón, un saludo
 
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